Sueños de un alma condenada.

Los sueños en la vida son fáciles de tener, cumplirlos ya es otra cosa. El tiempo es esencial para ello, pero va intrínsecamente asociado a la vida. Sin tiempo no hay vida y sin vida no hay tiempo. ¿Que serías capaz de hacer para conseguir más tiempo y cumplir los sueños de tú vida?

Mi nombre es Fran y con treinta años era muy feliz, estaba enamorado de mi alma gemela con la que compartía infinidad de cosas y tenía un buen trabajo que me permitía tener tiempo para cumplir un montón de sueños, antes de ampliar nuestra pequeña familia. Se podría decir que mi vida era perfecta, pero lo bueno no dura para siempre y en mi caso el cáncer se cruzó en mi vida de forma inesperada. Poco a poco la enfermedad fue apagándome mientras los médicos luchaban para encontrar la cura. Pasé de ser una persona alegre e inquieta a verme sumido en una constante penumbra que hacía mis días más largos. Mi mujer, Esther, que tanto empeño ponía en salir adelante y animarme cada vez se sentía más derrotada, hasta que la enfermedad decidió darnos la peor de las peores noticias, solo me quedaban unos pocos meses de vida. No podía seguir viendo sufrir a quién más me amaba por lo que antes de quedarme postrado en una cama decidí emprender la búsqueda de alguien que lograra un milagro.

En contra de la opinión de los médicos viajé por medio mundo visitando gurús, chamanes, brujos y brujas de todo tipo, expertos en medicina alternativa... tomé infinidad de elixires asquerosos y mal olientes que no funcionaban hasta que, a punto de perder la esperanza y resignarme a perder todos mis sueños mientras moría agónica y lentamente, encontré a una mujer, una anciana perdida en un pueblo de montaña experta en todo tipo de remedios naturales. Ella me aseguró lo que ya sabía, que mi enfermedad no tenía cura, no al menos algo que estuviera en manos mortales. Aquello me heló la sangre, ¿a que se refería con "no al menos en manos mortales"? La anciana de aspecto afable y voz cariñosa me explicó que para lograr ganar más tiempo a la muerte debía intentar pactar con la responsable de segar las almas de todos los mortales. Mi única salida, por estúpida que sonara, era contactar con la misma Parca e intentar convencerla. La anciana me advertía que muy pocas personas lo habían conseguido ya que la muerte es caprichosa y cuando tiene previsto llevarse un alma se la lleva, pero existe la posibilidad de pactar con ella o como la anciana decía "jugar con la muerte", proponiéndole algo a cambio de tiempo. Para llegar a contactar con la muerte me entregó una bebida elaborada por ella misma y que debía tomarme en mis últimos momentos de vida. Esa poción tomada en el momento en el que me encontrara a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos, haría entrar en un trance muy profundo a mi mente hasta el punto de poder acceder a ese espacio de tiempo entre la vida y la muerte donde la figura de la Parca se mueve a sus anchas. Solo en ese instante debería convencer a la misma muerte antes de que se cobrara mi alma sentenciada. 

Desde que los médicos nos anunciaron mi inminente muerte y me dispuse a recorrer el mundo, pasaron cuatro meses cuándo mi cuerpo empezó a rendirse. Antes de que llegara ese momento hablé con Esther y le entregué unas instrucciones que debía llevar a cabo en el mismo instante que yo comenzara a perderme en el limbo. En las mismas le indicaba que solo debía darme a tomar la poción que aquella anciana me entregó y esperar. Era nuestra última esperanza en la que sinceramente no creíamos, pero que no podíamos dejar pasar la oportunidad de como mínimo intentarlo.

De repente desperté, estaba en la cama del hospital envuelto de una extraña niebla. Todo parecía normal a excepción de que solo estaba yo y una extraña figura a los pies de la cama. Sentí una sensación extraña, no era miedo, pero rápidamente supe que aquello era la muerte esperando el momento de llevarse a mi alma con ella. Era tal y como la habían descrito infinidad de escritores y poetas durante cientos de años, una figura muy alta, oscura y envuelta en una especie de túnica pesada negra hecha girones. La cabeza estaba tapada por la misma capucha de la túnica sin dejar ver un rostro, que por otra parte, no parecía ni tan siquiera que lo tuviera, ni rostro ni nada pues ahí dentro solo se apreciaba la oscuridad profunda. Sus manos eran delgadas, blanquecinas y casi esqueléticas, con unos dedos largos y aterradores. La muerte parecía mirarme ladeando la cabeza hacia su lado derecho en un signo de extrañeza y entonces, con una voz gutural que parecía emanar del mismo agujero del infierno se dirigió a mí:
- No deberías estar aquí. Tú alma ya está sentenciada. Y yo he venido a llevármela.
En ese momento me armé de valor y con la voz entre cortada, sabiendo que no iba a tener mucho tiempo, me dispuse a explicarle a la muerte las ganas de vivir que tenía, mis sueños, a la gente que amaba y con la que quería seguir, la ilusión de ser padre... en definitiva mis ganas locas de vivir y que estaba completamente decidido a hacer cualquier cosa para convencerla y conseguir su indulto.
La muerte tras unos segundos se empezó a mover, toda ella crujía como si los huesos se le desencajaran pese a que parecía levitar y al llegar al lado izquierdo de la cama me contestó:
- Todos decís amar la vida en la muerte y no comprendéis que estáis condenados desde que nacéis. Hasta que no lo aceptéis seguiréis implorando compasión. Yo no entiendo de eso pero contigo haré una excepción. Tú tiempo tendrás que ganártelo tú. Por cada vida que segues tendrás un año más de vida.
- ¿Cómo? Eeeehhhmmm... 
- Tienes una semana para empezar. De lo contrario volveré y me cobraré lo que debería haberme cobrado ya. Aprovecha este regalo el tiempo que puedas. Te estaré esperando cuando llegue tú hora.

Abrí los ojos y a mi alrededor los médicos miraban atónitos. Intentaban comunicarse conmigo pero yo estaba en shock. Esther lloraba de felicidad mientras se abrazaba a los médicos. Ellos seguían perplejos, había estado prácticamente muerto, cuando por sorpresa mis constantes se normalizaron así como mi estado en general. Mi recuperación in extremis fue considerada un milagro, en pocas horas los medios locales se hicieron eco y la bautizaron como el "efecto Lázaro". Estaba perfecto aunque los médicos me advertían que sorprendentemente el cáncer seguía ahí, solo que de nuevo dormido, algo imposible hasta la fecha. Fuimos interrogados por los médicos para conocer si teníamos una cura que desconocía la medicina, pero lo cierto es que mi recuperación no tenía nada que ver con este mundo.

En unos pocos tres días me permitieron volver a casa, fue entonces cuando le confesé a mi mujer la verdad sobre mi recuperación milagrosa, como aquella anciana tenía razón, como pude ver a la mismísima muerte y hablar con ella y la condición que me puso a cambio de no llevarme con ella. Al principio a Esther le costó creerlo, pero aquella imposible recuperación no podría tener otra explicación. 

¿Seriamos capaces de matar a una persona? ¿Tendríamos la suficiente sangre fría para hacerlo? Todas esas dudas y debates morales no impedían que el tiempo se detuviera y que solo me quedarán escasos tres días para que se cumpliera el ultimátum que me dio la muerte. Debíamos decidir día, hora, forma de la muerte y a quién matar para que yo pudiera seguir viviendo.

Aprovechamos la madrugada del sábado al domingo para ejecutar nuestro plan, matar a nuestra primera persona. Las noches anteriores apenas pudimos dormir y nos convencimode que aquello solo podría ser un acto de amor entre nosotros. El plan consistía en que Esther fuera a una de las muchas salas de baile que funcionaban en la ciudad y sedujera a un hombre. Ese hombre debería ser un tipo de hombre al que pudiéramos reducir fácilmente y al que, previamente Esther hubiera incitado a beber el suficiente alcohol como para que pudiera estar ebrio en el momento del ataque. Esther consiguió "enamorar" a un hombre de unos 35 o 40 años, algo obeso y sudoroso. No parecía ser capaz de aguantar una corta carrera en el caso de conseguir escapar. Cuando estuvo lo bastante ebrio Esther se lo llevó fuera del local y anduvieron unos metros hasta llegar justo enfrente de un callejón oscuro. Allí estaba yo esperando para asaltar al pobre inocente. Le enfundé la cabeza con una funda de cojín negra, no  queríamos ver sus ojos antes de morir. Lo agarré con todas mis fuerzas y lo arrastré hasta adentro del callejón todo lo que pude. Esther de forma improvisada agarró unas páginas de periódico tiradas por el suelo y se las metió en la boca con la funda de por medio. Entonces ella se subió el vestido, se sacó un pequeño cuchillo que llevaba escondido y mientras  forcejeaba con el hombre me miró y me dijo:
- Te amo.
Clavó el cuchillo en el corazón de ese hombre varias veces hasta que dejó de moverse. Miramos a un lado y otro para asegurarnos de que nadie nos había visto ni oído y arrancamos a llorar. No tardamos demasiado en recomponernos y arrastrar el cuerpo a prisa hasta nuestro coche aparcado al otro lado del callejón en una zona tranquila. Tras meterlo en el maletero circulamos lo más lejos posible, cruzamos un puente que pasaba por encima de un gran río a las afueras y, tras revisar que no habían cámaras ni otra persona cerca, lanzamos a ese pobre hombre desde allí. Su cuerpo golpeó con fuerza contra el agua mientras se sumergía poco a poco. Nos abrazamos fuertemente y volvimos a conducir hasta casa.

Durante todo el domingo no hablamos nada, apenas comimos, apenas descansamos y al llegar la noche permanecimos juntos en la cama esperando a que terminara el día. En ese momento no teníamos claro que lo que hubiéramos hecho fuera exactamente lo que debíamos hacer. El miedo se apoderó de nosotros hasta que el reloj digital de nuestra mesa de noche marcó las 00:00 y la fecha indicaba que ya era lunes. No pasó nada pero no estuvimos tranquilos hasta casi una hora después cuando estallamos a llorar de felicidad. Lo habíamos conseguido, íbamos a seguir juntos y a cumplir nuestros sueños, pero aquello significaba solo un año más de vida, para ganar más tiempo un año después tendríamos que volver a matar.

Durante los días siguientes en las noticias empezaron a surgir imágenes de aquel hombre, decían que había desaparecido y que la familia lo buscaba. Por suerte al pasar las semanas el interés por la desaparición menguó, pero aquello no nos preocupaba, teníamos un año entero de vida por delante. Durante todo ese tiempo vivimos despreocupados, trabajábamos lo justo y lo demás lo ganábamos gracias a mi popularidad que me hacía ganar mucho dinero.  Era considerado por muchos el nuevo Lázaro, un milagro de la vida, el único hombre que había burlado a la muerte en el último instante. De aquella experiencia se escribió un libro que me hizo ganar varios miles. La vida me sonreía pero llegaba la fecha límite y debíamos volver a planear otra muerte. Esta vez fue algo más fácil, supongo que nos fuimos haciendo a la idea y eso lo simplificaba todo. Para que no hubiera  posibilidad de que se nos relacionase organizamos en nuestro último viaje a un país asiático como íbamos a volver a matar. De nuevo Esther sería el gancho y yo quién redujera a esa persona, de nuevo un hombre fácil de reducir y de nuevo todo salió bien. Nos deshicimos del cuerpo en un lugar apartado la noche antes de volver a casa y de nuevo mi reloj de vida siguió moviéndose por otro año más. Seguimos haciendo eso varias veces durante los siguientes seis años. En ocasiones era solo una persona y en otras varias, nunca era gente cercana a nosotros ni de nuestro entorno para evitar que posibles errores nos relacionaran. Aquello se convirtió en una especie de rutina que apenas nos hacía sentir nada, solo era necesario.

Llegado el momento decidimos que ya era hora de ampliar nuestra familia y Esther se quedó embarazada. Justo la noche que viajábamos en coche de vuelta a casa tras anunciar la buena nueva a nuestros padres, un coche se me cruzó en una carretera secundaria y nos hizo despeñarnos colina abajo. Pasaron varias horas hasta que alguien nos pudiera auxiliar. Al llegar al hospital yo estaba milagrosamente en perfecto estado pero Esther había entrado en coma, los médicos me dieron la peor noticia al infórmame de que habíamos perdido al bebé en el accidente y que la vida de mi mujer pendía de un hilo. Caí en una insufrible tristeza, mi razón de vivir estaba a punto morirse y yo no podía hacer nada. Decidí organizar un viaje relámpago a las montañas donde hace más seis años aquella anciana me entregó la pócima que me permitió salvar mi vida. Al llegar supe que había muerto años antes, curiosamente poco después de hablar conmigo. No sabía que hacer, la vida de mi mujer estaba en manos de la misma muerte y ni ella ni yo podíamos luchar para evitar que se la llevara.

La muerte de Esther me golpeó muy duro y ya no quería seguir viviendo. Se me permitió continuar viviendo pero sin ella ya no quería. Probé suicidarme de varias maneras, me corté las venas en varias ocasiones pero de ellas emanaba poca sangre y a las horas cicatrizaba. Probé arrojándome desde edificios, puentes, montañas rocosas... pero ni un hueso se rompía. Solo me quedaban múltiples marcas de mis intentos de suicidio por todo el cuerpo mientras seguía respirando. Lo que un tiempo fue un regalo ahora era una maldición. Decidí esperar a cumplir el año y que fuera la misma parca que viniera a llevarme por incumplir el trato, pero seguía viviendo. Fue entonces cuando lo comprendí, por cada muerte un año de vida, en esos años matamos a muchos más que uno por año y ni tan siquiera recordaba a cuantos, con lo que podrían aún quedarme varios años de vida. Al morir la anciana no tenía la receta de esa pócima por lo que pagué una millonada a un químico que se dedicaba a "cocinar" drogas para venderlas en la calle. Le pedí que diseñara la droga que fuera capaz de emular los efectos que aquella poción y un día me entregó un pequeño tubo de ensayo, contenía una potente droga capaz de conseguir lo que buscaba. Estaba decidido a encontrar a la muerte aunque ella no quisiera venir a por mí.

Una vez me la tomé entré en un profundo sueño. La droga casi paralizó mi corazón, pero como yo no conseguía morir sabía que el efecto que haría en mí sería el que buscaba. Desperté y comencé a buscar a la Parca. Parecía que pasaban las horas lentamente y no la encontraba, hasta que empecé a cruzarme con personas que parecían perdidas. Ninguna reparaba en mi pero ahí estaban caminando sin un rumbo fijo, mirando al horizonte como si buscaran algo sin saber qué, dónde ni porqué. Finalmente conseguí encontrar a la muerte que acompañaba a una persona de la mano. Al verme se quedó parada, dejó a la persona caminar y se acercó a mí:
- Segunda vez que incumples todas las leyes. Vuelves a este lado donde te está prohibido entrar. ¿Cúal es el motivo?
- Quiero morir y he venido para que me lleves.
- ¿Olvidaste cual fue nuestro acuerdo?
- No, pero en vida lo he perdido todo. Quiero romper nuestro acuerdo.
- Esto no funciona así, fuiste tú quién quería más tiempo. Te ofrecí vidas a cambio de un año por cada una. Ahora todas esas almas que segaste vagan por aquí esperándome, porque su momento aún no había llegado. ¿Acaso no las reconoces?
En ese instante un frío intenso recorrió  mi espinazo. Ahora recordaba algunas caras, eran las personas que matamos, pero a otras no las reconocía de nada:
- Pero... no puede ser... no reconozco a toda esa gente.
- Segar vidas directa o indirectamente es lo mismo. Aquí vaga gente que murió a causa de las que mataste. Familiares, amigos... y eso son años de vida. ¿No era lo que buscabas? ¿Convertirte en mí a cambio de más tiempo? Ese fue nuestro acuerdo.
No podía imaginar esa situación, de ser así me quedaban años de vida:
- Pero... ¿eso quiere decir que aún no moriré?
- Vete acostumbrando a este lado y a todas esas caras, porque creo que has conseguido que tú cuerpo no pueda devolverte a tú lado. Buscarme tiene consecuencias. Ponte a la cola.
La muerte se giro en dirección a la persona que había dejado antes, la agarró de la mano y se perdió en la niebla.
Comprendí que podían pasar horas pero que en ese Limbo las horas podrían ser eternidades. Empecé a volverme loco y antes de que me diera cuenta, ya estaba caminando sin un rumbo fijo, mirando al infinito esperando mi momento.

FIN.

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